Una noche anegada de estrellas
se marchó de mi lado, cabizbajo,
mas su beso quedó en mis labios
como el alba que estampa los prados.
Su sonrisa, más clara que el blanco,
fue la luz de la aurora que asoma,
y se unió con mi llanto y mi pena
en las alas de una blanca paloma.
Presiento que será en mi memoria
como espiga de trigo plantado,
pues sé bien que en el fondo del alma,
para siempre quedará resguardado.
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