Cuando morí a mis errores,
comencé a vivir;
amando mi experiencia
la quise describir:
renací de un verso
cuando tocó mi alma,
Y reiné en el silencio
apreciando su calma.
En el rostro de un niño
disfrutando de un cuento,
reviví la ternura que por
mis nietos siento;
sus cabellos despeinados,
sus abrazos apretados
y esa alegría de verlos crecer
a mi lado.
Con el paso de los años
creció mi sabiduría,
pero al querer compartirla entendí,
que solo era mía.
Sentí soledades e inventé alegrías
y ellas me acompañan
casi todos los días.
Al mirar mi interior,
aprendí a no juzgar.
Y en las noches de angustia,
no dejé de soñar.
Siempre que me hundí
en la profunda mar,
desahogándome en versos,
fue mi impulso a aflorar...
Comprendí que la vida
es un pestañear en el tiempo;
que a tus esfuerzos y logros,
se los llevará el viento.
Y asimismo entendí
que la tristeza es pasajera,
y que vivir la vida,
siempre vale la pena.
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